Cuando en nombre de la libertad se cercena la igualdad y no se reconoce la diferencia, o bien, por el contrario, cuando en nombre de la igualdad se mutila la libertad y se niega el derecho a la diferencia, para concluir en la uniformidad, buscar una opción que - como nueva utopia realizable - sintetice los tres valores y los afirme en un marco de justicia, es una tarea que se convierte en un punto de la agenda de quienes queremos un mundo mejor
La cuestión social pasa a ser, entonces, una cuestión política. El mundo de hoy, se nos presenta dominado por el aparente triunfo arrollador del capitalismo y su expresión ideológica, el liberalismo, con la profundización del proceso de globalización iniciado a fines del siglo XV que conlleva riesgos ciertos de uniformidad en todos los planos –incluyendo el de la cultura, que es en el cual se expresan las identidades–, y la creciente macdonaldización de las sociedades, con su secuela de mecanismos de control individual y colectivo fundados en sistemas racionalizados, es también un mundo caracterizado por un brutal incremento de la desigualdad –económica, social, política, cultural, probablemente sin parangón en la historia de la humanidad.
Si, según la célebre definición dada por la Suprema Corte norteamericana, la ciudadanía es el derecho a tener derechos, debemos destacar que la cuestión tiene una dimensión que abarca diferentes planos de la reflexión y de la acción política. Ello es mucho más claro apenas se advierte que las políticas liberales no sólo han destruido o están destruyendo, en proporciones diferentes (según los casos), la ciudadanía social, sino que también están cercenando la ciudadanía política, al reducir la condición de ciudadano a la de mero votante, y la ciudadanía civil, piedra angular del liberalismo, amputada por la generalización mundial del desempleo y, por extensión, de los marginados del mercado, es decir, por el cercenamiento del derecho al trabajo.
Reducir el análisis de la pobreza al nivel de los ingresos –la llamada línea de pobreza– implica dejar de lado un aspecto muy importante: las limitaciones que la pobreza produce en la vida de los hombres, mujeres y niños que la padecen. El análisis de la pobreza deberá hacerse entonces, "en términos del fracaso de capacidades, y no en términos del fracaso para satisfacer las «necesidades básicas» de determinados bienes de consumo"
Ser pobre en una sociedad rica - como es el caso de la Argentina actual– es vivir con reducción de capacidades, carecer de bienestar, es decir, vivir mal
Históricamente, para el pensamiento liberal la desigualdad y la pobreza son naturales, no históricas o sociales. Se trata de un discurso del poder que construye una mirada negativa (descalificadora) de los pobres. Que los habrá, presupone que los hay y que los hubo. Así, la pobreza se "naturaliza" y adquiere una temporalidad eterna. Simultáneamente, esa "naturalización" tiende a hacer de la pobreza una fatalidad con la cual se convive. Pero no es cierto: pobres no hubo siempre si bien aparecieron en la historia de la humanidad hace ya largo tiempo, pobres/pobreza es un binomio construido históricamente y no siempre quiere decir lo mismo en diferentes sociedades y tiempos. Los pobres comienzan a ser cuestión social (como se dirá a partir de los años 1830) –u objeto de una "nueva política social” en los comienzos del capitalismo. Karl Polany lo señala explícitamente: "Los pobres aparecieron por primera vez en Inglaterra durante la primera mitad del siglo XVI; luego se volvieron conspicuos como individuos que no estaban ligados al feudo, «o a ningún superior feudal», y su transformación gradual en una clase de trabajadores libres fue el resultado combinado de la feroz persecución de la vagancia y la promoción de la industria nacional, poderosamente ayudada por una expansión continua del comercio exterior. (...) Cuando se advirtió la importancia de la pobreza, el escenario estaba listo para el siglo XIX. La división ocurrió alrededor de 1780 "provocado por la liberalización salvaje del mercado de trabajo", Pero si en los comienzos del capitalismo los pobres eran necesarios e imprescindibles, en su apoteosis son innecesarios y prescindibles. Si en el pasado podían, eventualmente, formar parte del ejército industrial de reserva, hoy sólo constituyen la infraclase
Esta es también la posición de Robert Castel, cuando analiza: "Siempre hubo una pobreza integrada. Pero los pobres no estaban excluidos, formaban parte de la organización social. Y puede decirse que había ricos y pobres como dos maneras de contribuir a un equilibrio social. Era incluso la visión religiosa de lo que es una sociedad. Creo que la oposición integración–exclusión es más grave en la medida en que niega una participación real en la sociedad a una parte cada vez mayor de gente. Y esto es consecuencia directa de cierta modalidad de funcionamiento económico".
Técnica o estadísticamente, la pobreza se define o mide mediante un método que fija convencionalmente un nivel de ingresos, denominado línea de pobreza. Aquellos cuyos ingresos están por debajo de esa línea son considerados pobres. El porcentaje de población de una sociedad que es pobre, respecto del total de ella, constituye el índice de pobreza. Esta metodología es empleada universalmente y su aplicación se observa en innumerables textos que cuantifican la pobreza y los pobres.
El estudio de la pobreza puede plantearse desde dos perspectivas: descriptiva, una, política, la otra. La primera identifica la pobreza en el reconocimiento de la privación. La segunda, como objeto de acción pública o, si se prefiere, de qué hacer para combatirla y disminuirla o erradicarla. Ambas perspectivas son complementarias, siendo la primera el diagnostico.
Analizar la pobreza en términos de fracaso de las necesidades básicas para acceder a ciertos niveles mínimamente aceptables, implica considerar tanto requerimientos "físicamente elementales", –estar bien alimentado y vestido, protegido adecuadamente, sano (es decir, libre de enfermedades que pueden prevenirse), etc.–, como "logros sociales más complejos, tales como participar en la vida en comunidad, poder aparecer en público sin avergonzarse, etc.
En tal perspectiva, el concepto insuficiencia de ingresos es mucho más abarcativo y profundo que el más usual de bajos ingresos, pues considera a la pobreza como un fracaso originado en la tenencia de "capacidades claramente inadecuadas", más allá de que ella sea, entre otras cosas, "una cuestión de insuficiencia de los medios económicos para evitar el fracaso de las capacidades". No se debe identificar la pobreza solo como mera reducción de ingresos, sin relacionarla con la conexión entre ingresos y capacidades
La pobreza en un país rico (y Argentina lo es) es más grave que en los países pobres. Allí aparece más manifiesta la afirmación "La privación relativa en el ámbito de los ingresos puede producir una privación total en el ámbito de las capacidades". La pobreza es tanto desigualdad económica, como desigualdad social y cultural. Para el capitalismo la desigualdad es una fatalidad, cuando no un castigo, algo natural o una decisión divina; para el campo nacional y popular es una injusticia, un producto o resultado histórico generado por la apropiación privada, particular, de bienes comunes, colectivos. Por otra parte, la fatalidad conlleva la resignación, la impotencia; la injusticia, en cambio, la potencialidad de la protesta
La pobreza es una expresión de las desigualdades sociales. También, del sufrimiento humano que causa discriminación, desigualdad y conciencia de injusticia". No es cuestión de un individuo (o de varios o muchos de ellos) aislado(s): su situación es siempre el resultado de una relación con otro(s), es decir, una relación social.
Por consiguiente, las acciones o las respuestas superadoras de la situación de pobreza sólo pueden ser políticas, es decir, sociales
¿Fatalidad? ¿Designio de Dios? ¿Trabajo y esfuerzo de unos y vagancia de otros? Solo se puede decir que es injusto e inmoral, y que no es posible resignarse ante la brutalidad del hecho por el cual unos pocos se apoderan de lo que es de muchos. Como en la sociedad actual la desigualdad es una parte estructural, Está claro que sólo voluntad, decisión y acción políticas pueden modificar tamaña injusticia
2. Los ricos, los pobres la fragmentación y el mercado
En las últimas décadas, los pobres y la desigualdad económica y social no han dejado de aumentar en el mundo, incluso, y de modo muy marcado, en países desarrollados como Estados Unidos y Gran Bretaña, donde se ha retrocedido a niveles de los duros años 1930.
En América Latina, según datos de la CEPAL y el PNUD, los pobres eran, en 1970, el 40 por ciento de sus habitantes, mientras en 1990 ascendían a 46 % o, para decirlo, menos elípticamente, 196 millones de personas, cifra que en 1996 subió a 210 millones. Dentro de la región se destacan notablemente Brasil, Colombia y México.
En Argentina, el 10 % más rico se apropiaba, en 1980, del 29.8 % de la riqueza; en 1986, del 34,5 %. En 1995, ese mismo sector se hizo del 37,3 % de los ingresos nacionales, en contraposición con el 8,4 % que percibió el 30 % más pobre. A lo largo de las dos décadas que van de 1974 a 1995, aumentaron la riqueza de los más ricos y la pobreza de los pobres, al tiempo que, toda una novedad en la historia de la sociedad argentina, se produjo un sustantivo deterioro de la clase media. En efecto, en 1974, los sectores pobres y medio–bajos se llevaban un tercio de la riqueza (11.2 + 22.4 = 33.6 %). Dos décadas después, en 1995, su participación se ha reducido a un cuarto de ésta (8.4 + 18.5 = 25.9 %). En contrapartida, la apropiación hecha por los sectores de ingresos medio–altos y por los ricos pasó de dos tercios a tres cuartos, de los cuales el 10 % más rico ha incrementado su apropiación en un tercio, pasando de 28.2 a 37.3 % del total de los ingresos.
Ahora bien, dentro de este privilegiado 10 % ha habido, a su vez, una verdadera concentración dentro de la concentración: el uno por ciento, la llamada "clase alta" –esto es, para decirlo sin eufemismo, la gran burguesía captura hoy no menos del 20 % del ingreso nacional.
Dicho en pocas palabras: en el mundo y en la Argentina de estos ultimos tiempos, hay más pobreza, exclusión y desigualdad que nunca. Es decir: hay más pobres y cada vez son más.
Empero, el peso cuantitativo de los pobres, que podría ser su fuerza, es su debilidad: la fragmentación, la atomización, la ausencia de acción colectiva (o bien reducida, en el mejor de los casos, a las formas elementales de disturbio, agitación o malestar social) suelen ser conexas de la pobreza extendida. Significativamente, ésta no suele producir ya revoluciones sino siquiera movimientos sociales, entendiendo éstos como "colectivos sociales vagamente organizados que actúan de forma conjunta y de manera no institucionalizada con el fin de producir cambios en su sociedad".
La cuestión es obviamente compleja, pues, en el fondo, se trata de explicar e interpretar ¿por qué los pobres no se rebelan? Más aún: la formulación puede ser ¿por qué preferimos servir a cualquier poder (amo, tirano, partido, Estado, etc.) a ser responsablemente libres? como lo sugirió Étienne de La Boétie , en 1548, al hablar sobre las razones por las cuales hombres y mujeres aceptan ser objeto de dominación y optan por la servidumbre, como si ésta fuese su salvación.
La pregunta correcta no es ¿qué hacer con los pobres?, sino ¿cómo extirpar la pobreza? Los neoconservadores atacaron al Estado de Bienestar Social argumentando que las políticas sociales no hicieron otra cosa que generar una actitud pasiva por parte de sus beneficiarios, quienes habrían resignado todos y cualesquier acción superadora en favor de la comodidad de vivir sin esfuerzo. No es del caso discutir aquí la falacia de tal argumentación. Sí, en cambio, de plantearse formas posibles de acción colectiva que avancen en la dirección de una sociedad más justa.
Según John Galbraith debemos comenzar por conocer las carencias de una sociedad, de hombres y mujeres que viven en ella, y avanzar en la dirección de su solución. Su propuesta apunta a una sociedad factible, no a una perfecta (utópica). Al enfatizar la idea de factibilidad, Galbraith pone la cuestión en estos términos: hay o no hay "actitud política que apoya y sostiene las condiciones que precisan ser corregidas. Cuando se dice que alguna medida tal vez fuese buena pero es políticamente impracticable, debe entenderse que este es el planteamiento más habitual para proteger intereses antisociales"
En el sistema económico y político contemporáneo, continúa, la división entre, por un lado,"los ricos, los cómodamente asentados y los que aspiran a lo mismo, y por otra los económicamente menos afortunados y los pobres junto con el importante número de los que, por inquietud social o por benevolencia, pretenden hablar a favor de éstos o de un mundo más compasivo Hay democracia, pero en no pequeña medida es la democracia de los afortunados". Ambos grupos, colisionan en un tema central: "Para los pobres el Estado puede ser capital para su bienestar y, para algunos de ellos, incluso para su supervivencia. Para los ricos y acomodados constituye una carga, excepto cuando, como en el caso de los gastos militares, la seguridad social y el rescate de las instituciones financieras en quiebra, sirve a sus intereses particulares. Entonces deja de ser una carga y se convierte en una necesidad social, en un bien social, con la misma certeza con que no lo es cuando el Estado sirve a los pobres".
Así la respuesta oficial en un largo periodo de la Argentina fue privilegiar las acciones represivas. A veces de un modo expreso, real, contundente –como en el caso del empleo de efectivos de la Gendarmería Nacional en la represión de las protestas de desocupados en provincias de frontera, otras, lanzando globos de ensayo sobre proyectos de intervención de las fuerzas armadas en el control de potenciales estallidos sociales, como el proyecto del ministerio de Defensa argentino de crear un "Sistema de seguridad común para el Mercosur", dentro del cual –retornando a la doctrina de la seguridad nacional y del enemigo interno, que sirvió de sustento ideológico a todas las dictaduras institucionales de las fuerzas armadas durante las décadas de 1960, 1970 y 1980– los militares deberían vigilar "procesos de desestabilización social, cultural o política", factibles por los siguientes motivos: "indigenismo, factor campesino, subversión, terrorismo, narcotráfico, etc. El proyecto fue denunciado por el diario Clarín en su edición del 28 de julio de 1997 ("Proponen que los militares controlen estallidos sociales"), p. 2. La inmediata reacción de los medios y de la oposición política llevó al ministro Jorge Domínguez a calificar al documento como un mero "trabajo intelectual" y a dar marcha atrás (al menos aparente).
No hay, en contrapartida, ninguna acción concreta que muestre a los ricos genuinamente interesados en paliar –ya no corregir ni, mucho menos, eliminar la pobreza. Su absoluto desinterés por la vida de millones de hombres, mujeres, niños y ancianos que mal viven en y por la pobreza es, en verdad, desprecio y egoísmo sin parangón. Los ricos de hoy son, materialmente, más ricos de lo que jamás fueron los ricos del mundo; en contrapartida, y en relación a los que nada tienen, son más miserables y egoístas que todos sus antecesores. Siendo el problema no sólo el hecho que tienen demasiado dinero, "sino que éste los aísla de la vida corriente La aparición de los barrios privados es un claro ejemplo que ratifica, en nueva clave, una vieja proposición sociológica –desarrollada en su momento por Maurice Halbwachs–, según la cual las clases sociales tienden a separarse espacialmente. Está claro que esta fragmentación socioespacial, hoy exacerbada, fractura el tejido social y puede poner a su dialéctica en una tensión sin mediaciones.
Las sociedades dominadas por el salvajismo de una economía de mercado que tiene a la "mano invisible" como una mano boba incontrolable están privatizando todo: desde las empresas y los lugares públicos hasta el lenguaje (cada vez más de clase). Hay escuelas privadas, barrios privados, clubes privados, ámbitos de distracción, diversión y/u ocio privados, compras privadas (telemarketing), transacciones bancarias y comerciales privadas (computadoras y modems mediante)..., todos religiosamente pagos. Ahora bien: "Cuando el mercado invade todo el espacio público y la sociabilidad tiene que «retirarse» a los clubes privados, la gente corre el peligro [advierte Crhistopher Lasch] de perder la capacidad de divertirse e incluso la de llevar las riendas de su propia vida. En ese contexto, entonces, empecemos por recuperar –y exijamos a las autoridades darnos respuestas positivas– plazas, parques, paseos y otros espacios públicos, en primer lugar los abandonados (si es que el costo de recuperar los ya concesionados es difícil de afrontar). Pero también recuperemos –como lugares de encuentro, no de tránsito autista– los bares, las confiterías, los teatros y cines, los clubes deportivos y los centros culturales barriales, las asociaciones vecinales, los medios de transporte colectivo... Y ganemos para "la conversación y la vida cívica" los nuevos lugares, como los shoppings. Hagamos de cada lugar de nuestros pueblos y ciudades un ágora para construir una ciudadanía democrática. Descubramos o inventemos un mundo más allá del mercado.
Karl Polany, La gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo, Fondo de Cultura Económica, México DF, 1992, págs. 112 y 118. Polany señala, asimismo, que "la clase trabajadora y la economía de mercado aparecieron juntas en la historia" (p. 108).
Robert Castel,. Las metamorfosis de la cuestión social. Una crónica del salariado, Paidós, Barcelona–Buenos Aires–México, 1997; pp. 46–47 y 78
Waldo Ansaldi, "Disculpe el señor, se nos llenó de pobres el recibidor", en http://www.catedras.fsoc.uba.ar/udishal ; publicado originariamente en Estudios Sociales, n° 14, Santa Fe (Argentina), Primer Semestre 1998,
Reyes Mate. "Sobre el origen de la igualdad y la responsabilidad que de ello se deriva", incluido en Manuel–Reyes Mate (ed.), Pensar la igualdad y la diferencia. Una reflexión filosófica, Fundación Argentaria–Visor Distribuciones, Madrid, 1995.
Piotr Sztompka, Sociología del cambio social, Alianza Editorial, Madrid, 1995, p. 305.
La Boétie , –“ Le doscours de la servitude volontaire” en español, en edición de Tusquets, Barcelona, 1980.
John Kenneth Galbraith, Una sociedad mejor, Crítica, Barcelona, 1996
Lasch, La rebelión de las élites, op. cit.,
Waldo Ansaldi, "Disculpe el señor, se nos llenó de pobres el recibidor", en http://www.catedras.fsoc.uba.ar/udishal; publicado originariamente en Estudios Sociales, N° 14, Santa Fe (Argentina), Primer Semestre 1998,


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