miércoles, 11 de julio de 2012

EL ASESINATO DEL OBISPO CARLOS PONCE DE LEÓN



35 AÑOS DESPUÉS


El Obispo de San Nicolás, Carlos Horacio Ponce de León, fue asesinado el lunes 11 de julio de 1977. Desde entonces, su pastoral fue desterrada y olvidada. Y nadie, se ocupó de aclarar el final del sacerdote ni tampoco se reparó en la documentación de una historia de diez años en San Nicolás de los Arroyos.
No hay memoria sobre Ponce de León, ni oficial ni popular.
El obispo de San Nicolás le molestaba a todos los factores de poder de la ciudad y de la principal provincia argentina, Buenos Aires.
Y ese enfrentamiento, de acuerdo a lo que se desprende de los testimonios acumulados, viene desde la propia asunción del Obispo.
hasta la actualidad los hechos  todavía son calificados de accidente y San Nicolás no tiene nada que ver con aquella ciudad que conoció el Obispo.
La privatización de SOMISA a principios de los años noventa convirtió a la ex ciudad obrera en una tierra de cuentapropistas y actividades vinculadas con los servicios.
La ciudad de María no tiene ninguna relación con la ciudad de conciencia cristiana comprometida por la que había trabajado Ponce de León.
La Virgen del Rosario resultó funcional a la destrucción de la pastoral de Ponce de León.
Queda claro que no es culpa de la Virgen pero si de los sectores que desde los tiempos del Obispo asesinado alentaron otra forma de iglesia vinculada a los privilegios de pocos.
parte de la iglesia diocesana, los empresarios vinculados a la ex SOMISA y algunos de los dirigentes políticos y gremiales de la Unión Obrera Metalúrgica, jamás promovieron ninguna investigación seria sobre el final de Ponce de León. Simplemente porque el Obispo los molestaba.
La Virgen del Rosario, en cambio, le es funcional.
Multitudes de cientos de miles consumen durante días diversos servicios que les ofrece la ex ciudad obrera. Millones de pesos quedan en el municipio.
De ciudad obrera a ciudad de turismo espiritual, de ciudad que promovía un cristianismo de transformación social a ciudad que auspicia la contemplación y la espera desesperante de un milagro individual, de ciudad trabajadora a ciudad de cuentapropistas.
Pero más allá de estas transformaciones, los intereses que criticaron a Ponce de León no solamente se mantuvieron sino que crecieron en influencia económica, política y religiosa.
Los empresarios privados vinculados a la ex acería estatal se quedaron con el gran negocio; los dirigentes sindicales continuaron en sus puestos aunque seis mil obreros quedaron en la calle; los laicos que denunciaron al Obispo como comunista multiplicaron sus patrimonios. Por su parte, los militares, integrantes de otras fuerzas armadas y de seguridad, continúan impunes, por lo menos hasta ahora.
Los que mataron a Ponce de León les hicieron un gran favor a los actuales privilegiados de San Nicolás, en particular, y de la provincia de Buenos Aires, en general.


Pero, ¿quién mató al obispo?.

Hay una conclusión de Emilio Mignone, gran militante cristiano que sufrió la desaparición de su hija durante del terrorismo de estado, que anota en su imprescindible libro “Iglesia y dictadura” y que resulta sugestiva pero necesaria a la hora de pensar el origen del asesinato: “La dictadura militar encontró al episcopado en un estado de ánimo propicio para esos argumentos. Los cambios copernicanos producidos por el Concilio Vaticano II (1962-1965) y los documentos aprobados en la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968), produjeron una fuerte crisis interna en la Iglesia argentina; sorprendieron y desbordaron a los Obispos, que no estaban preparados para encabezarlos y conducirlos. Los desenvolvimientos políticos de la década del 70, en parte producto de esa conmoción, terminaron por asustarlos. Su única preocupación consistió, entonces, en encontrar la forma de sacarse de encima a los perturbadores y volver al antiguo orden. Los militares se encargaron, en parte, de cumplir la tarea sucia de limpiar el patio interior de la Iglesia, con la aquiescencia de los prelados”.
En estas páginas justamente se verificará la relación entre los hechos colectivos de la profunda revisión que entrañaron los años sesenta y setenta y la historia de vida de Ponce de León.
La camioneta que impactó con precisión asesina contra el Renault que conducía el Obispo venía recorriendo un largo camino.
Era una ruta que funda su línea de largada en San Nicolás y en los intereses que claramente se mostraron molestos e incomodados por su pastoral.
Aquel hecho del 11 de julio de 1977 fue presentado como un accidente. Tal como habían hecho el 4 de agosto de 1976 con Angelelli.
Pero a esa máscara impuesta, se le sumó la destrucción de la memoria de la pastoral de Ponce.

Dos veces lo desaparecieron a Ponce de León.


Lo dicen los protagonistas de aquellos años apasionados.
Como el padre Roberto Damico que comenzó siendo un sacerdote por el Tercer Mundo y terminó convertido en cura sanador en los años noventa para poder tener algún lugar de tranquilidad existencial, tal como se lo dijo al autor de estas líneas.
Activistas de la más rancia derecha de la Acción Católica que se oponían a Ponce de León y que hoy forman parte de la justicia federal nicoleña y que por mucho tiempo habían perdido el expediente original del caso.
Barrios como Villa Pulmón en donde antes florecía el trabajo comunitario impulsado por la creencia de una religión comprometida por el cambio social y que veinte años después sirven de plaza para recibir a medio millón de personas cuyo único objetivo es saludar la imagen de la Virgen del Rosario a ver si pueden salvar algún aspecto de sus vidas personales.
Silencios cómplices como el del arzobispado rosarino, a través de Guillermo Bolatti, cuando el nicoleño le pidió ayuda para denunciar el ensayo general del terrorismo de estado que se desencadenó en Villa Constitución el 20 de marzo de 1975.
Obispos que no citan a Ponce de León, como si pesara una especie de maldición al invocarse su memoria. Aunque también cabe la esperanza que alguno de ellos ayude a construir memoria, verdad, justicia y esperanza, aunque sea un poco.
Si es tan grande el silencio sobre Ponce de León es porque fue bien grande lo que generó y fueron bien grandes las molestias que causó.
Hoy, en San Nicolás, la Virgen del Rosario y su culto multitudinario y solitario, al mismo tiempo, tapa todo.

Aquí está, entonces, una historia personal y colectiva.

EL OBISPO Y SU TIEMPO
Carlos Ponce de León nació el 17 de marzo de 1914 en Navarro, provincia de Buenos Aires. En el mismo lugar en que fuera fusilado Manuel Dorrego, aquel jefe del partido federal que había denunciado que “el país estaba siendo manejado por la aristocracia del dinero”.

 En 1962 Ponce de León fue nombrado Obispo auxiliar de Salta, acompañando a monseñor Roberto Tavella. Se convirtió en asesor del Sindicato del Personal Doméstico e impulsó la asistencia a los barrios de emergencia "donde es reconocida su obra en las villas General Belgrano, María Esther, Alto Molino, El Milagro, San Antonio, 20 de Junio, General Lavalle y San José", como indica una biografía oficial difundida por el arzobispado de San Nicolás.
Ponce de León participó del Concilio Vaticano II, en Roma, y se tomó en serio sus conclusiones acerca de la necesidad de reformar la institución.
El 18 de junio de 1966 asumió como arzobispo de la ciudad siderúrgica.
Diez días después, el general Onganía derrocaba al gobierno de Arturo Illia.

PONCE DE LEÓN Y VILLA CONSTITUCIÓN
“Era un hombre muy preocupado por lo que acontecía en el país”.
En una carta que envió en la cuaresma de pascua, dirigida a sacerdotes, laicos y fieles de la diócesis tiene párrafos notables:
“Esta carta de cuaresma pretende ser un reconocimiento de los pecados de nuestra iglesia diocesana y de esta sociedad, siempre hay que empezar por casa...”
“Es innegable el clima de tensión en el plano internacional y nacional, la falta de justicia hace difícil la paz, si quieres la paz trabaja por la justicia...En el orden nacional existe gran incertidumbre por el futuro político y económico. La acentuada influencia de las fuerzas armadas, la continua acción represiva, la funesta evasión impositiva, los quebrantos financieros con consecuencias definitorias como el cierre de fuentes de trabajo; un sindicalismo politizado en no pocos casos que debería responder más ampliamente a las necesidades de la clase trabajadora y que llega hasta traicionar los mismos intereses de los obreros. Conflictos planteados en la iglesia nacional que llevan al enfrentamiento de Obispos entre sí y con frecuencia Obispos y sacerdotes con autoridades. Situaciones eclesiásticas que se definen más a nivel jurídico que en lo humano y pastoral”.
“Para muchos aparece una imagen de iglesia comprometida con el poder a través de discursos y hechos. Nuestra comunidad diocesana padece de diversos males que sostenerlos y callarlos sería hacerse cómplice de los mismos”.
“Nos sentimos desbordados pero no derrotados. Ni somos pesimistas. Sabemos que estamos en la lucha con la esperanza que nos da Cristo y que nos transmite su alegría pascual”.
Este era el obispo Ponce de León. El mismo que hacía reuniones con los familiares de los detenidos desparecidos en plena catedral de San Nicolás. Y cuando estában en la cárcel hacía llegar sus especiales saludos

PASCUAS DEL ´76


En los primeros meses de 1976, son detenidos cuatro sacerdotes del Movimiento que nunca más aparecieron. El 3 de febrero son secuestrados y luego asesinados los sacerdotes Tedeschi y Soares.
El 24 de marzo se produce el golpe de estado más sangriento de la historia argentina.
La Asamblea Episcopal elige como presidente al cardenal Raúl Primatesta el 16 de mayo.
El 4 de julio son asesinados cinco religiosos palotinos en una parroquia de Belgrano y catorce días después, otros dos miembros del Movimiento en la provincia de La Rioja.
Enrique Angelelli, Obispo riojano, es asesinado el 4 de agosto de aquel año.
Cerca de la celebración de las pascuas de aquel año, “había ocho sacerdotes detenidos en el cuartel de San Nicolás, entre los que se hallaban el padre Karaman, Marciano Alba Martínez, Raúl Acosta, Jorge Galli, entre otros, ante lo cual el Obispo se dirigió al cuartel y habló con el Teniente Coronel Saint Aman, expresándole que él se quedaba allí como detenido hasta tanto se liberaran a los sacerdotes”, recordó el sacerdote José Aramburu.
Saint Aman le dijo al Obispo que se diera por detenido.
Ponce respondió que suspendería, entonces, la celebración de la Semana Santa ya que ocho parroquias quedaban sin sacerdotes.
El pastor se volvió al obispado y “poco tiempo después fueron llevados por el ejército en un gran operativo, los ocho sacerdotes al obispado sito frente a la Plaza Mitre donde fueron dejados, sin ninguna explicación.” describió Aramburu.

EL ASESINATO


El 11 de julio de 1977 fue asesinado en Villa Ramallo, provincia de Buenos Aires, el obispo de San Nicolás, Carlos Horacio Ponce de León.

Aquel extraño accidente evitó que Ponce de León llegara hasta la Conferencia Episcopal Argentina llevando una serie de carpetas en donde se encontraba la documentación de los obreros desaparecidos desde la irrupción de la dictadura, no sólo en San Nicolás, sino también en la zona de la otra gran acería, Acindar, en Villa Constitución.
Eso transportaba Ponce de León aquella mañana, cuando era acompañado por el marinero de la Prefectura Naval Argentina, Víctor Martínez, quien se accidentó junto al obispo.
Un mes después, Miguel Ramondetti, que durante seis años fue secretario del Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo, emprende el exilio, con un pasaporte argentino obtenido por la Nunciatura por instancias del obispo Jorge Novak y asciende al avión conjuntamente con el secretario del nuncio Pío Laghi.
En agosto de 1977, 47 sacerdotes del Movimiento habían abandonado el país.
Fue el arzobispo de Santa Fe, Vicente Faustino Zazpe, quien despidió los restos de Ponce de León, diciendo entre otras cosas que "su vida lleva la impronta de la afectividad y la emoción, la exultación y la depresión, la alegría pronta y el sufrimiento rápido".
"La experiencia de la historia ha demostrado siempre que las cúspides supremas del poder, vividas en responsabilidad de servicio, han sido difíciles, dolorosas y desgastadoras".
Dijo Zazpe luego que "la internidad de la Iglesia es difícil y el mundo circundante es complejo, las situaciones inéditas y el futuro oscuro".
"El Obispo debe evangelizar este mundo en medio de tensiones, impaciencias y a veces en clima de agresividad", dijo Zazpe quien ya había vivido el doloroso hecho del asesinato de su amigo Enrique Angelelli, el 4 de agosto de 1976, también en un "extraño accidente de ruta" del sacerdote conocido con el mote de "obispo rojo".


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De la investigación realizada por Carlos Del Frade

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